Amistad universal y trata de personas
Cada 30 de julio se celebra el Día Internacional de la Amistad, desde que así lo instituyera Naciones Unidas el 27 de abril de 2011, con el objetivo de propiciar esa cualidad entre las naciones, países, culturas e individuos. Se pretende inspirar la paz y tender puentes entre las distintas comunidades, para fomentar la solidaridad y contrarrestar las graves injusticias que padece la humanidad.
Simultáneamente, el 30 de julio se conmemora también el Día Mundial contra la Trata de Personas, establecido en 2013 igualmente por la Asamblea General de Naciones Unidas para concienciar sobre esa gravísima delincuencia. Quiere denunciarse esa lacra y promover la protección de quienes en todo el planeta ven pisoteados sus más elementales derechos humanos, a manos de traficantes con fines lucrativos que explotan de múltiples formas a mujeres, niñas, hombres y niños vulnerables.
El valor de la amistad contribuye a la cultura de la paz, objetivo primordial de la ONU y demás organizaciones comprometidas con la solidaridad y la justicia. La amistad requiere empatía, lealtad, compasión y preocupación por los demás. Ser amigo conlleva disposición a la ayuda y entrega desinteresada, con el alto referente de la filantropía y la satisfacción personal como única recompensa.
Ya Aristóteles reconocía tres tipos de amistad según lo fuese por utilidad, placer o virtud, pero en todo caso es una relación afectiva entre personas construida desde el respeto, amor, libertad, confianza, tolerancia, equidad, honestidad, responsabilidad y apoyo mutuo. Esos valores concurren en la verdadera amistad, que es útil y placentera a las personas y clara manifestación de excelencia moral.
Ello justifica frases populares como “un amigo es un regalo que te haces a ti mismo” o “la amistad es un tesoro que se valora en los momentos difíciles”, y la que afirma que “la amistad verdadera consiste en saber que, pase lo que pase, siempre estaréis el uno para el otro”. Precisamente porque el amigo nunca se va, aunque medie la distancia y se difiera el trato, a los antiguos amigos los valoramos más cuantos más años pasan. La verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio.
Esa alegría compartida por el mero hecho de ser amigos genera un característico bienestar emocional, que debiera trascender desde nuestro círculo vivencial hasta universalizarse, pues vivimos en un mundo que precisa mucha paz, respeto, tolerancia, libertad y justicia. La amistad entendida en sentido amplio se ha de globalizar frente a tantos crímenes de guerra, miserias, desigualdades e injusticias.
El penúltimo día de cada mes de julio, la ONU nos invita a reflexionar a la vez sobre la amistad y la trata de personas para su explotación sexual, laboral, migratoria o tráfico de órganos humanos. Cara grata y terrible cruz de este mundo nuestro, que incita a exaltar la amistad con ese objetivo de universalidad. Pero sería imperdonable desentendernos de realidades criminales tan salvajes como las de trata, que muchas veces coexisten en nuestro entorno. Repugna esa esclavitud del siglo XXI a combatir con la concienciación social, la persecución policial y la justicia penal internacional.
Este tiempo álgido vacacional es propicio para cultivar la amistad en el círculo personal, ampliando ese sentimiento de empatía con la pretensión de que abarque a todas las personas. Aspiremos a la amistad universal, que en la vida todos somos compañeros de viaje. Pero tomemos conciencia también de la suprema gravedad de la trata y explotación de seres humanos, que todos los gobiernos del mundo debieran perseguir prioritaria y decididamente.
No olvidemos que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, según proclama en su artículo primero la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Reparemos, pues, en la obligación moral de trabajar por la amistad universal y contra la esclavitud de toda índole.
José Joaquín Gallardo
Es abogado.
